¿Un genio? Muchos necios

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Portada de La conjura de los necios (Editorial Anagrama, Colección Compactos).

Aviso: esta entrada contiene spoilers de La conjura de los necios. Si aún no lo has leído y quieres descubrirlo sin adelantos, este es un buen momento para guardar el enlace y volver después.

Hay libros que uno termina y piensa, sencillamente: me gustó. Y hay otros que se quedan rondando la cabeza mucho después de cerrada la última página.

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, pertenece a esta segunda categoría, y es, además, el libro que más me ha hecho reír en mucho tiempo.

No fue una risa ocasional. Más de una vez tuve que parar de leer porque no podía contener la carcajada ante las teorías de Ignatius J. Reilly sobre absolutamente todo, y la convicción absoluta con la que las defendía. Sus reacciones desproporcionadas convertían hasta las situaciones más reprochables en algo absurdo.

Pero detrás de esa absurdidad hay algo bastante serio, y de eso me gustaría hablar.

Ignatius tenía razón… a veces

Aunque Ignatius es un personaje grotesco, algunas de sus críticas al mundo tenían sentido. La novela transcurre en el Nueva Orleans de los años sesenta y toca temas como el racismo, la explotación laboral y las contradicciones de la sociedad. Críticas que, con matices, siguen resonando hoy.

Incluso su desconfianza hacia el capitalismo tenía algo de razón: en algún momento reflexiona sobre cómo aquello que antes se consagraba al alma termina consagrándose al comercio. Es una idea que, viendo cómo casi todo (del arte al bienestar) terminó convertido en producto, no ha envejecido nada mal.

Pero el problema de Ignatius no era tener ideas absurdas. Era lo que hacía con ellas: usar las imperfecciones del mundo como excusa para no hacerse responsable de su propia vida. Si la sociedad era absurda, él no tenía que adaptarse. Si nadie reconocía su genialidad, era porque nadie estaba a su altura.

Ahí está, creo, una de las ideas centrales del libro: tener razón sobre el mundo no significa saber vivir en él. El mundo puede ser injusto, hipócrita, contradictorio, y aun así, seguimos teniendo cierta responsabilidad sobre lo que hacemos dentro de él. Y ahí es, precisamente, donde Ignatius fracasa.

El peligro de vivir dentro de la propia cabeza

Esta es, quizás, la parte que más me tocó.

Ignatius tiene teorías sobre todo (política, religión, comida, trabajo) pero una vida práctica desastrosa. Y eso me hizo pensar en algo con lo que me identifico más de lo que quisiera: esa tendencia a vivir más en la cabeza que en la acción, sostenida casi siempre por una promesa silenciosa, la de que pensar mucho, tarde o temprano, termina traduciéndose en resultados.

Durante años cargué con esa misma promesa: la idea de que el esfuerzo intelectual tendría que traducirse, tarde o temprano, en una vida particularmente “brillante”. Pero la inteligencia abre posibilidades; no garantiza resultados. Y hay una diferencia enorme entre “tengo potencial para hacer algo” y “he hecho algo con ese potencial”. La primera es una posibilidad. La segunda, una realidad. Ignatius vive atrapado, para siempre, en la primera.

La educación como refugio

Ignatius tiene una curiosidad intelectual genuina, eso es innegable. Pero sus estudios también funcionan como refugio: una forma de escapar de aquello que no quiere enfrentar, como trabajar, relacionarse o participar de ese mundo práctico que tanto desprecia.

Sin embargo, vale la pena matizar algo: no es que Ignatius solo piense y nunca actúe. De hecho, organiza una revuelta entre los empleados de Levy Pants y hasta intenta fundar un partido político. El problema no es la falta de acción, sino que incluso sus intentos de actuar parecen, en el fondo, otra forma de teorizar: proyectos que le dan la sensación de estar haciendo algo importante, sin exigirle comprometerse de verdad con las consecuencias.

Mientras leía, pensé en algo que me pareció clave: muchas personas que desde jóvenes cargan con la etiqueta de “mucho potencial” terminan atrapadas en el estudio y la acumulación de títulos, sin que eso se traduzca jamás en algo que funcione realmente en el mundo. Tiene su lógica: un aula es un terreno controlado, con reglas claras y una forma predecible de ser evaluado y aprobado. El mundo real no ofrece esas garantías. Ahí uno puede prepararse durante años y aun así fracasar, ser ignorado o simplemente no encontrar su lugar.

Quedarse en el estudio, entonces, no es solo comodidad: es también una manera de posponer indefinidamente el riesgo de exponerse a ese veredicto incierto. Y ese es, quizás, el callejón sin salida en el que vive Ignatius: acumula conocimiento como quien acumula municiones, sin darse cuenta de que ninguna cantidad de teoría lo protege de tener que, en algún momento, salir a vivir. Quizás esa sea una de las preguntas más incómodas que me dejó la novela: ¿de qué sirve el talento si nunca aprendemos a sacarle provecho, para uno mismo y para los demás?

El reconocimiento de los demás

Ignatius asegura despreciar la opinión del mundo, pero basta ver cuánto le importa que alguien reconozca su genialidad (sus cuadernos llenos de teorías, sus cartas eruditas a Myrna, su convicción de que nadie más está a su altura) para notar que ocurre justo lo contrario. Necesita ser visto, aunque lo niegue todo el tiempo.

Es difícil decir que el reconocimiento externo no importa. Racionalmente sabemos que el prestigio o la aprobación ajena no deberían definir el valor de una vida, pero la necesidad de sentirnos vistos, de que alguien confirme que vamos por buen camino, rara vez desaparece del todo.

Y creo que buena parte de esa necesidad nace de comparar el lugar donde imaginamos que estaríamos con el lugar donde realmente estamos. Ignatius, convencido de ser un genio incomprendido, vive permanentemente atrapado en esa comparación: entre el lugar que cree merecer y el que en realidad ocupa. Y cuando esa comparación no sale como uno espera, aparece la frustración.

Tal vez el problema esté en confundir dos cosas: el potencial que creemos tener y la vida que efectivamente estamos construyendo.

Myrna

Y luego está Myrna (probablemente la relación más interesante de toda la novela).

Ignatius insiste en que la odia. Pero es difícil creer que alguien dedique tanta energía mental a una persona que realmente detesta. Piensa en ella constantemente, discute con ella incluso cuando no está presente, le escribe, intenta demostrarle que está equivocada. Creo que, en el fondo, la admiraba: Myrna era de las pocas personas capaces de hablarle de tú a tú dentro de su propio mundo intelectual, sin tratarlo como un loco ni como un personaje extraño.

Vale la pena decir, eso sí, que Myrna tampoco estaba del todo cuerda. A su manera, hacía juego con la locura de Ignatius. Y quizás por eso funcionaban tan bien como contrincantes: cada uno encontró en el otro a alguien capaz de sostenerle el delirio.

El final lleva esa relación hasta el absurdo: Myrna, fiel a su costumbre de creer que puede rescatar a cualquiera con la terapia, la política o el activismo correcto, aparece justo a tiempo para “salvarlo” de ser internado. Y la ironía es que Ignatius, que durante toda la novela se burla de sus ideas y de su fe ciega en el progreso, no duda en usar exactamente esa fe a su favor: la deja creer que por fin lo rescató, cuando en realidad lo único que ella le ofrece es una salida a la que él se aferra por conveniencia, no por convicción. Ella cree que por fin consigue lo que siempre quiso; él consigue exactamente lo que necesitaba. Los dos, a su manera, terminan siendo víctimas de su propio invento.

El caos que Ignatius deja a su paso

La relación de Ignatius con su madre me dejó sentimientos encontrados. Irene lo sobreprotegió, no le puso límites, organizó su vida entera alrededor de él, y sin duda contribuyó a crear las condiciones para que Ignatius se convirtiera en quien es. Pero comprender eso no significa absolverlo. Era un adulto, y sabía usar el poder que tenía sobre su madre para manipularla.

Y lo hace de manera bastante concreta: cuando su cruzada moral con el paraguas termina en un choque que deja a Irene endeudada durante meses, es él quien la hace sentir culpable por presionarlo a buscar trabajo, apelando a su culpa católica y a la imagen de sí mismo como un genio incomprendido al que el mundo le debe paciencia. Mientras tanto, sigue gastando el poco dinero de su madre en cine y perros calientes, sin que eso le genere ningún conflicto de conciencia. Me parece importante distinguir entre explicar una conducta y justificarla.

Y, curiosamente, Ignatius termina provocando algo positivo incluso en Irene: es justamente la presión de esa deuda, y más tarde la insistencia de su amiga Santa Battaglia para que considere internarlo, lo que la empuja a mirar más allá de su propia vida, a salir a jugar bolos, a dejarse cortejar por Claude Robichaux, a imaginar, por primera vez en años, una vida que no gire completamente alrededor de su hijo.

Lo mismo pasa con otros personajes. Una de las grandes ironías de la novela es que Ignatius, sin proponérselo nunca, termina siendo un agente de cambio para casi todo el mundo a su alrededor. Jones, el conserje del bar Noche de Alegría que soporta un sueldo miserable bajo la amenaza constante de una acusación de vagancia, termina ayudando a destapar el negocio ilegal de fotos que escondía Lana Lee, lo que finalmente le abre la puerta a un trabajo digno. El patrullero Mancuso, humillado durante buena parte del libro con disfraces ridículos después de arrestar a Ignatius por error, termina siendo quien resuelve ese mismo caso y recupera su lugar en la policía. Darlene, la bailarina que sueña con un número propio junto a su cacatúa, finalmente logra subirse al escenario, aunque el resultado sea tan caótico como todo lo demás en la novela. Aún así, el escándalo le da tanta publicidad que pronto la llaman de otro club de Bourbon Street.

Pero el caso más irónico de todos sigue siendo el del dueño de Levy Pants: después de años evitando enfrentarse a sus propios problemas, termina tomando finalmente las riendas del negocio que tanto despreciaba.

¿Quiénes son realmente los necios?

El título de la novela viene del epígrafe que el propio John Kennedy Toole eligió para abrir el libro: una frase de “Pensamientos sobre temas diversos” (1706), del escritor irlandés Jonathan Swift, que viene a decir que cuando aparece un verdadero genio en el mundo, se le reconoce porque todos los necios se confabulan en su contra. Ignatius, naturalmente, se cree ese genio. Pero la ironía es que el libro también nos invita a preguntarnos si el principal necio no será él mismo.

Y quizás la pregunta más interesante no sea si Ignatius tiene razón, sino: ¿de qué sirve tener razón si no sabemos qué hacer con ella? Se puede identificar perfectamente los defectos de una sociedad y, al mismo tiempo, ser incapaz de construir una vida propia que ayude, aunque sea un poco, a mitigarlos.

Lo que quiero llevarme de Ignatius

Ignatius pasa el libro entero convencido de que el mundo entero conspira contra su genio. Pero nunca se le ocurre que, si de verdad quisiera entender ese mundo, tendría que empezar por mirar a las personas que lo rodean como algo más que necios: como personas con una vida interior tan compleja como la suya.

Y aunque esa ceguera hacia los demás no sea algo que reconozca en mí, sí me quedé pensando en algo más cercano: cuánto de esa misma tendencia a vivir en la propia cabeza, más que en la acción, también me atraviesa a mí. Después de cerrar el libro me quedé con algo sencillo, aunque no por eso fácil de aplicar: salir más de mi cabeza, exponerme más, actuar más.

Pienso, por ejemplo, en esos cuadernos Gran Jefe que Ignatius llena de teorías durante años sin mostrárselos casi a nadie, convencido de que algún día el mundo reconocerá su genialidad, pero sin dar jamás el paso de publicarlos ni exponerlos al juicio ajeno. Y me pregunto cuántas cosas hago yo de manera parecida.

Me refiero a cosas concretas: enviar el mensaje que llevo días redactando mentalmente sin escribir. Compartir la idea a medio madurar en lugar de esperar a tenerla perfecta. Empezar algo aunque no me sienta del todo lista, porque esa sensación de estar lista casi nunca llega antes de empezar. Llega, si acaso, después. En el fondo, no confundir estudiar con avanzar, ni el potencial con la realización: son dos cosas distintas, y solo la segunda cuenta como vida vivida.

Tampoco quiero irme al extremo contrario: no dejar de pensar, estudiar o cuestionar el mundo para encajar mejor en él. Eso es, precisamente, lo que más admiro de Ignatius, que nunca deja de cuestionarlo todo. Lo que sí quiero aprender de él es esto: pensar no puede convertirse en un sustituto de vivir.

El mundo puede ser absurdo, injusto, demasiado grande para nuestra capacidad individual de arreglarlo. Ignatius tenía razón en eso, pero, como vimos antes, usó esa misma lucidez como coartada: si el mundo era absurdo, entonces él no tenía por qué esforzarse en adaptarse, ni cuestionar nada de su propia manera de vivir.

Y ahí está, quizás, la diferencia que quiero conservar: se puede ver el absurdo del mundo con total claridad y, aun así, decidir participar en él. Mientras intentamos cambiar lo que podamos cambiar, también tenemos que construir, con lo que tenemos (imperfecto, a medio camino, sin garantías), nuestra propia vida dentro de él.

Porque pensar es una parte de vivir. Pero no puede ser toda la vida.


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