Reflexiones sobre el miedo, la acción y el impulso que nace al aprender.

Hace un par de meses hice una reflexión que, para mí, fue una epifanía: “para tomar una decisión, basta con elegir un camino y empezar a conocerlo.” En ese momento, fue algo que me hizo mucho sentido, pues había comprobado yo misma que conocer más sobre algo me da más confianza para enfrentarlo. En esto último mantengo mi posición, pero creo necesario precisar que, en la toma de decisiones, hay muchos factores que tienen incidencia:
- El miedo puede permanecer, a pesar del conocimiento y/o la información.
- No puedo llenar todos los vacíos que me genera el miedo con información.
- A veces, la sobreinformación puede terminar generando efectos contraproducentes, como más ansiedad o una sensación de abrumación.
- Hay factores externos que pueden afectar nuestras decisiones y que no dependen de nada que podamos hacer al respecto. La vida es más compleja que eso.
Entonces, ¿quiere decir esto que indagar e informarse para tomar una decisión no sirve para nada? Pues no, en realidad sí sirve, y mucho. Sin embargo, mi nueva conclusión es que “elegir un camino y empezar a conocerlo es solo el primer paso para llegar a una decisión.” Es un paso extremadamente necesario, pero no el único.
Me mantengo en la creencia de que el conocimiento nos da poder, nos da combustible para empezar a explorar un camino que inicialmente elegimos, ya sea por impulso, recomendación externa o simple curiosidad. También nos da las herramientas para determinar si continuamos en ese camino o si vale la pena explorar uno diferente. Sin embargo, la decisión final puede depender de factores internos como la intuición, la lógica o incluso el amor. O también de factores externos como el contexto familiar, político o social, o incluso de motivos económicos.
El punto es que, a pesar de todas las aristas que se deben tener en cuenta, el conocimiento de algo —la indagación o investigación— es lo que nos puede ayudar a pasar de la inacción a la acción. Por ejemplo, puedo pasarme toda la vida deseando, en mi mente, aprender a bordar. Pero no es lo mismo quedarse en el deseo que empezar a averiguar qué habilidades o conocimientos previos son útiles para esta actividad, qué materiales se necesitan para empezar, o incluso cuánto tiempo de dedicación semanal requeriría. Conocer estos aspectos podría animarme más a realizar esta actividad, comprar los materiales necesarios y reservar un tiempo específico para practicar. Pero también podría llevarme a desanimarme por completo al descubrir que no tengo el tiempo que se requiere, o el dinero para comprar las herramientas necesarias, o simplemente que no me interesa tanto la idea de aprender a bordar como creía al principio. Sin embargo, esto nunca lo habría descubierto si no me hubiera tomado el tiempo de investigar más sobre esta actividad.
Al final, el conocimiento nos lleva a tomar decisiones más informadas, pero no nos garantiza que sea la decisión “correcta”, pues, además de todos los factores que pueden influir en la toma de decisiones, también es cierto que el hecho de que una decisión sea “correcta” o no va a depender de quién la mire y, sobre todo, de en qué momento se evalúe. Lo que puede parecer una mala decisión en el presente, puede convertirse en una buena decisión cuando se mira hacia atrás. Es una cuestión de percepción. En la mayoría de los casos, solo podemos saber si algo nos conviene o no a posteriori. Además, también podría decirse que no hay decisiones inherentemente malas o buenas; simplemente son decisiones que pueden generar distintos tipos de consecuencias y que pueden cambiar —o no— con el tiempo.
Después de esta reflexión, mi invitación es a seguir aprendiendo y conociendo, a pasar nuestros proyectos a la acción y, sobre todo, a comprender que en la vida no hay fórmulas mágicas. Debemos abrazar su complejidad, entendiendo que nada es fijo: nosotros cambiamos, y nuestras decisiones también. Pero mientras sigamos aprendiendo, seguiremos creciendo.
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