
A veces me pregunto cuántas oportunidades he dejado pasar por miedo. Cuántas veces la incertidumbre me ha pesado más que la posibilidad de un nuevo comienzo (spoiler: demasiadas).
Hace poco me di cuenta de algo: la mayoría de mis miedos nacen del desconocimiento. No le temo tanto a lo que es, sino a lo que no entiendo. Una persona nueva, una situación inesperada, un desafío desconocido… todo lo que escapa de mi comprensión me genera inseguridad. Pero cuando empiezo a investigar, a aprender, a darle forma y nombre a lo que antes me parecía incierto, el miedo empieza a encogerse. A veces no desaparece del todo, pero al menos se vuelve manejable.
El conocimiento me da poder. No un poder sobre los demás, sino un poder sobre mí misma. Me da la capacidad de caminar con más firmeza, de tomar decisiones con confianza, de mirar de frente lo que antes me hacía dudar. Esto no quiere decir que tengo todo resuelto. Pero sí me acerco más seguido a la versión de mí que no huye cada vez que algo la incomoda. Ahora soy más propensa a explorar y abrirme a nuevas posibilidades de aprender cada día.
Muchas veces he enfrentado decisiones que parecían enormes, inciertas, o simplemente muy nuevas. Recuerdo, por ejemplo, cuando empecé a considerar seriamente la idea de estudiar fuera del país. Solo pensar en trámites, visas, documentos y vivir sola al otro lado del océano me parecía abrumador. Pospuse este proyecto por un largo tiempo; aunque se me presentaron varias oportunidades de concretarlo, por algún motivo el miedo me seguía paralizando y terminaba guardándolo en un cajón, posponiéndolo una y otra vez.
No fue sino hasta que realicé un pequeño viaje (que para mí fue un viaje de mucho autodescubrimiento) que se me vino una frase a la mente mientras caminaba: “el conocimiento me da poder.” No estoy muy segura de por qué de repente apareció esa frase, ya no recuerdo bien qué me llevó a ese pensamiento, pero me pareció importante, así que lo anoté en la app de notas de mi teléfono. Después de varios días, no hice nada al respecto, pero seguí pensando en ella.
Semanas después, ya estando nuevamente en mi casa, recordé la frase que había escrito en mis notas y lo tomé como una señal para retomar el proyecto que tanto había pospuesto. Comencé a investigar, a buscar mucha información, ver videos, leer experiencias de otras personas, etc. Y al pasar de los días, lo que antes veía como trámites engorrosos, formularios imposibles de entender o documentación difícil de conseguir, terminó siendo mucho más sencillo de lo que imaginaba.
En lugar de exigirme tenerlo todo claro desde el principio, di un primer paso: investigar. Y así, poco a poco, lo que desde afuera parecía un monstruo invencible se convirtió en una serie de tareas posibles. No fáciles, pero sí alcanzables. Y en el proceso, aprendí que a veces basta con mirar de cerca para que lo complejo empiece a tener forma y pierda el poder de asustarnos tanto.
Eso no significa que el miedo desaparezca. Sigue apareciendo en nuevas formas: miedo a tomar una mala decisión, a estar sola en territorio desconocido, a no estar a la altura, a alejarme de lo que conozco y amo. Pero he descubierto que una forma de lidiar con esos miedos es llenando los vacíos con conocimiento. Aprender sobre los temas que me intimidan, entender el contexto, conocer a las personas involucradas, leer experiencias similares… como quien hace una lista de supermercado emocional para no entrar al caos sin mapa.
Y sí, el miedo a lo desconocido es completamente natural. Pero si algo he podido concluir de estas últimas experiencias es que, para tomar una decisión, basta con elegir un camino y empezar a conocerlo. Si luego resulta que no era el camino ideal, siempre podemos girar, ajustar, reinventar. Lo importante es empezar. Porque incluso cuando algo no resulta como esperábamos, siempre queda el aprendizaje, el crecimiento, la claridad que sólo se alcanza caminando. Nada malo obtenemos de explorar nuevas ideas, situaciones y personas, porque entre más sabemos, más herramientas tenemos para afrontar lo que venga.
No se trata de tomar decisiones impulsivas, sino de entender que en todos los posibles escenarios siempre habrá lugar para la incertidumbre, y eso es algo que hay que aceptar y aprender a transitar. Hasta que no probamos algo, es muy difícil saber con absoluta certeza si es lo mejor para nosotros.
Ahora, cuando algo me asusta, me pregunto: ¿qué es lo que no sé de esta situación? Entonces busco respuestas, pregunto, leo, escucho. En cada nueva pieza de información encuentro un poco más de tranquilidad, un poco más de certeza.
Tal vez el miedo nunca desaparezca del todo (sería sospechoso que lo hiciera), pero ahora sé que no debo dejar que me paralice. Mientras siga aprendiendo, seguiré avanzando.

Replica a giverclevera8f1f17aec Cancelar la respuesta