He visitado Bogotá muchas veces a lo largo de los años. No es lo común entre quienes viven en Colombia, donde la mayoría prefiere los paisajes cálidos y tropicales. Pero hay algo en esta ciudad que siempre me llama de vuelta. Tal vez sea el aire fresco que baja de las montañas y envuelve las calles, o la forma en que la llovizna constante tiñe los días de una calma melancólica. Bogotá tiene su propio ritmo, y cada vez que llego, siento que respiro diferente, más hondo, como si mi cuerpo supiera que ha encontrado un pequeño refugio.

Un Lugar Para Ser Uno Mismo
Nací y crecí en Cartagena, una ciudad bañada por el sol y el mar, y ahora vivo en Barranquilla, donde el calor es parte de la vida cotidiana. Aún así, cada vez que piso Bogotá, siento que pertenezco. Tal vez sea por mi naturaleza más introspectiva, pero en esta ciudad encuentro un espacio donde todos parecen moverse a su propio compás, sin preocuparse demasiado por encajar. Aquí, las calles están llenas de expresión: en el arte, en la música que se escapa de algún café escondido, en los libros que esperan en pequeñas librerías con luz cálida y estantes de madera gastada.
El Arte Callejero de Bogotá: Un Museo al Aire Libre
Si hay algo que define a Bogotá es su arte callejero. Los muros de la ciudad son lienzos que cuentan historias, denuncian injusticias y celebran la diversidad. Caminar por sus calles es encontrarse con colores vibrantes, con rostros que miran desde las paredes, con mensajes que invitan a reflexionar. Cada mural tiene una voz propia, y juntos, crean un museo al aire libre donde el arte se mezcla con la vida cotidiana. Es una expresión de libertad, una prueba de que en esta ciudad hay espacio para todas las voces.


Dos Librerías Que Se Sienten Como Un Abrazo
Más allá del arte callejero, Bogotá es un epicentro cultural. Desde el teatro hasta la música en vivo en parques y calles concurridas, la ciudad ofrece un sinfín de experiencias. Los museos nos invitan a viajar en el tiempo, mientras que las acogedoras librerías son refugios para quienes buscan un rincón de tranquilidad en medio del ajetreo citadino. Durante mi última visita, exploré dos librerías que sentí como un abrazo al corazón: Wilborada y Matorral.
Wilborada, es una de esas librerías que parecen sacadas de un cuento. Desde afuera, su edificio de estilo inglés llama la atención, como si resguardara secretos en su interior. Al cruzar la puerta, la sensación de calidez me envolvió. No es un espacio pequeño, como pensé al principio, sino una casa de varios niveles donde cada rincón tiene algo para descubrir. Entre pasillos llenos de libros, pequeñas exposiciones de arte y el aroma del café recién hecho, recorrí cada pasillo con curiosidad, explorando cada piso como quien se adentra en un mundo nuevo. Dejé que mis manos rozaran los lomos de los libros, deteniéndome en aquellos que despertaban mi interés. Leí contraportadas, hojeé las primeras páginas y, por un momento, me perdí en historias que aún no conocía. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro de la librería, todo parecía estar en pausa, como si el tiempo se doblara alrededor de las palabras.
Matorral es distinto. Ubicada en La Macarena, esta librería parece una joya escondida. Para llegar a ella, primero se atraviesa un café bullicioso donde el sonido de las conversaciones se mezcla con el tintineo de las tazas. Un pequeño jardín con bancos y plantas coloridas conecta con la librería, que se siente como un escondite secreto. No es un lugar grande, pero en su espacio reducido hay libros cuidadosamente seleccionados y una escalera en espiral que lleva a un rincón más íntimo. Allí, con la luz tenue y el sonido amortiguado de la lluvia en la ventana, sentí que podría quedarme por horas.


Una Noche en el Teatro
Bogotá no es solo libros y cafés acogedores. También es una ciudad que vibra con el arte en todas sus formas. Una de mis noches favoritas fue en el Teatro Nacional La Castellana, donde vi La Cena de los Idiotas. La obra, llena de humor inteligente y personajes entrañables, me hizo reír a carcajadas y también reflexionar sobre cómo muchas veces juzgamos a los demás sin darnos cuenta de nuestras propias torpezas. Salí con el corazón ligero, recordando por qué el teatro es una de las mejores maneras de ver la vida desde otra perspectiva.
La Historia Viva de Bogotá
Caminar por La Candelaria y el centro histórico es recorrer las páginas de un libro antiguo que se reescribe cada día. Las fachadas coloniales y los balcones de madera conviven con murales vibrantes que gritan historias contemporáneas y llevan consigo el aire de las revoluciones pasadas y presentes. En los muros de bibliotecas modernas y en edificios gubernamentales, el grafiti se mezcla con la piedra antigua, creando un contraste que define la esencia de Bogotá: una ciudad que honra su pasado, pero que nunca deja de reinventarse. Aquí, la historia no es solo un recuerdo, sino un diálogo constante entre lo que fue, lo que es y lo que aún está por transformarse.
Volver Siempre
Siempre que me despido de Bogotá, lo hago con la certeza de que volveré. Hay ciudades que nos reciben con los brazos abiertos, nos ofrecen un rincón para ser nosotros mismos y nos recuerdan lo hermoso que es descubrir. Bogotá es una de ellas.
Si has estado en esta ciudad, me encantaría conocer tu experiencia. Y si no, espero que algún día encuentres en sus calles el mismo encanto que yo he encontrado.









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